Vivo en el bosque desde mucho antes de aprender a nombrar las estaciones. No sé cuántos veranos he visto pasar desde mi rincón entre abetos, rocas húmedas y caminos de tierra, pero sí sé reconocer el momento exacto en que la montaña cambia de ritmo. El aire se vuelve más suave, el río baja ligero y el valle entero parece respirar de otra manera. Entonces salgo de entre los árboles y observo, en silencio, cómo Llorts despierta bajo la luz tibia del verano. A esa hora, cuando todavía no hay voces y solo se oye el agua correr, siento que todo está en su sitio y que el bosque, mi casa, late despacio conmigo.
Hay días en los que me tumbo junto a una piedra caliente y dejo que el sol me alcance el lomo. Desde allí veo cómo el viento mueve la hierba alta, cómo las nubes rozan las cumbres y cómo el río dibuja su propio camino sin pedir permiso. Podría parecer que mi vida es simple, y quizá lo sea. Pero en esa sencillez habita algo profundo: la certeza de pertenecer a este lugar. Conozco el olor de la lluvia antes de que caiga, la sombra exacta de cada árbol al atardecer y el sonido que hace la montaña cuando nadie la interrumpe. Vivir en el bosque me ha enseñado que la calma no es ausencia de vida, sino una forma más delicada de sentirla.
A veces llegan los humanos. Los escucho antes de verlos: pasos sobre la grava, risas que suben por el camino, niños que preguntan, adultos que se detienen a mirar el paisaje como si acabaran de descubrir algo importante. Me escondo entre las ramas y los observo desde lejos. Durante mucho tiempo no entendí por qué venían. Me parecían criaturas extrañas, siempre con prisa, incluso cuando caminaban despacio. Pero con los años he aprendido a reconocer algo en sus ojos cuando se quedan quietos frente al valle. Una especie de alivio. Como si aquí recordaran, por un momento, una parte de sí mismos que habían dejado olvidada en otro lugar.
Me gustan especialmente los que madrugan. Los que salen cuando el pueblo aún duerme y el aire de la mañana les sorprende en la cara. Los que se sientan cerca del río sin hablar, los que levantan la vista hacia las montañas con respeto, los que parecen entender que este lugar no les pertenece, pero aun así los acoge. Hay una mujer que cada verano abre la ventana muy temprano y se queda inmóvil mirando el bosque, con una taza caliente entre las manos. Hay un niño que siempre intenta descubrir de dónde vienen los sonidos entre los árboles, aunque nunca me ve. Y hay parejas que pasean al atardecer con ese silencio cómodo que solo tienen quienes no necesitan llenar cada momento de palabras. A ellos los reconozco. Son los humanos que, por unas horas o por unos días, consiguen vivir como vive la montaña: sin ruido, sin urgencia, sin querer más de lo necesario.
No siempre fue así. También he visto llegar personas que pasan por el valle sin mirarlo de verdad, como si la montaña fuera solo un decorado bonito para sus vacaciones. Esos me entristecen un poco. No porque hagan daño, sino porque no alcanzan a escuchar lo que el bosque intenta decirles. No sienten el murmullo del río como una compañía, ni el crujido de las ramas como una bienvenida. Se marchan con fotografías, pero sin recuerdo. Y yo me pregunto si alguna vez comprenderán que hay lugares que no se visitan solo con los ojos, sino también con la calma.
Cuando cae la tarde y el sol empieza a esconderse detrás de las cumbres, vuelvo a internarme entre los árboles. El bosque se enfría despacio y Llorts se queda envuelto en una luz dorada que dura apenas unos minutos. Es mi momento favorito. Desde allí arriba veo algunas ventanas encendidas, oigo el río seguir su curso y pienso en los humanos que dormirán esta noche en el valle. Me gusta imaginar que, mientras descansan, algo de esta montaña se queda con ellos: el silencio, el aire limpio, la sensación de haber encontrado un refugio. Tal vez por eso no me molestan sus visitas. Tal vez porque, aunque vengan de mundos muy distintos al mío, a veces los veo llegar cansados y marcharse un poco más ligeros.
Yo seguiré aquí cuando el verano termine. Volverán las primeras nieblas, el frío, las hojas húmedas y el largo silencio del invierno. Pero mientras tanto, en estos días en los que el bosque huele a sol y a agua fresca, me gusta pensar que compartimos el valle. Ellos desde sus balcones, sus paseos y sus conversaciones al caer la tarde. Yo desde mi escondite entre los pinos, observando en silencio. Y en ese cruce breve entre su mundo y el mío, siento algo parecido a la ternura. Porque quizá vivir en la montaña sea precisamente eso: aprender a convivir con lo pequeño, con lo salvaje, con lo que llega y con lo que se va, sabiendo que el verdadero hogar es ese lugar donde uno puede seguir siendo, en paz, exactamente lo que es.